-¿Por qué ya no me miras como antes? Dijo con gran naturalidad, tomó la almohada y la acomodó tras su cabeza. Él dejó su lectura, la miró a los ojos y respondió.- Por que las cosas ya no son como antes, yo ya no soy el de antes, y vos tampoco. Volvió a su lectura, sin siquiera pensar cómo se sentiría ella con semejante respuesta, respuesta que parecía formulada desde hacía ya varios años, tal vez antes de que la pregunta fuese siquiera pensada.
Las lagrimas comenzaron a brotar de sus ojos, pero ella no las dejó caer, no esta vez, no después de quince años de sufrimiento, no después de veinte años de casado, ya no era momento para llorar, esta vez, ella no intentaría nada, solo se sentaría a mirar, ya estaba demasiado vieja y cansada como para evitar o desmentir el hecho de que su esposo la engañaba o el hecho de que el ya no la amaba. Ya no le importaba “el que dirán” lo único que quería ahora era tan solo una pequeña muestra de afecto, una abrazo, una mirada de cariño, o quizás ni siquiera de cariño, solo una mirada de compasión. Pero no, no vendría de él. El duro hombre de negocios. Ella ya no lo reconocía, no reconocía a ese engendro que la sociedad, el dinero, y las oficinas habían creado ¿Dónde había quedado ese joven gentil y armonioso que le había dado los mejores años de su vida? ¿Dónde estaba ese joven lleno de vida y esperanza? Ese joven había desaparecido, al igual que esa adorable muchacha que con tan solo una sonrisa podía iluminar su mundo. Ambos habían desaparecido. Ya no se conocían, lo único que les quedaba eran solo recuerdos felices del pasado que con el tiempo se hacían más lejanos e irreales. Se habían perdido y ya era demasiado tarde para encontrarse.